Dice uno de los textos a través de los que se presentó esta exposición que hay edificios en las ciudades que no solo guardan ladrillos, sino que también contienen memorias, esfuerzos y sueños. Creo que es una afirmación muy acertada y creo también que este lugar, esta Gota de Leche, es, quizás, uno de los ejemplos más claros de ello. El edificio en el que nos encontramos y que este año celebra su 100 aniversario no solo es un ejemplo de nuestra arquitectura, sino que también es un ejemplo de sociedad: una muestra solidaria y comprometida con ese desarrollo que es garantía de futuro.
Referencia y puntal de la plaza del Humedal, la Gota de Leche, con sus torres y su fachada de piedra, es, en cada una de sus vistas, un ejemplo de gijonesismo.
Porque este edificio, inaugurado en 1925 gracias a la visión del doctor Avelino González Fernández, nunca ha sido un edificio cualquiera. Al contrario, siempre ha sido una casa de vida y esperanza. Aquí se repartía leche pasteurizada en una época en la que la mortalidad infantil era altísima. Aquí se cuidaba de las madres, se enseñaba a las familias a criar y alimentar a sus hijos con criterios de higiene y salud, se formaba a profesionales y, en definitiva, aquí se construyó el futuro de nuestra ciudad.

No es difícil imaginar a tantas mujeres que vinieron aquí con sus hijos en brazos, muchas de ellas con miedo y con dificultades, y que encontraron en estas salas una ayuda, un consejo, un apoyo que les cambió la vida. Esas historias pequeñas, esas vidas enormes, son las que convierten a la Gota de Leche en mucho más que un espacio.
Tampoco sería justo dejar de lado su valor arquitectónico. Proyectado en los años veinte, de estilo regionalista, con esas formas que nos recuerdan a los palacios montañeses, fue creciendo poco a poco, con nuevas ampliaciones hasta consolidarse como un referente en la ciudad. Es, sin duda, un ejemplo muy vigente de cómo la arquitectura puede ser funcional y, al mismo tiempo, dotar de belleza y dignidad a un servicio público. Honestamente, no creo que esto sea una cuestión menor.
Pero lo más importante de todo es que este lugar forma parte de nuestro patrimonio emocional. La Gota de Leche nos recuerda que Gijón siempre ha sido una ciudad solidaria, preocupada por el bienestar de todos y comprometida con el desarrollo.
Hoy, transformado en oficinas municipales y en sede de la Fundación de Servicios Sociales, sigue cumpliendo con ese mismo espíritu; el más digno que hay: estar al servicio de la gente. Y eso es lo que lo mantiene vivo, lo que lo conecta con su origen.
El patrimonio también está en estos espacios cotidianos, en los edificios ligados a la vida diaria, a las historias familiares, a la memoria compartida.
La Gota de Leche fue, es y seguirá siendo un emblema de nuestra historia. Y nosotros, como ciudad, tenemos la responsabilidad de mantener viva su memoria. Eso es lo que, a mi humilde opinión, significa esta exposición.


