El pasado lunes, viví en primera persona un momento violento y desagradable.
He pensado mucho en lo que ocurrió en El Natahoyo. He pensado mucho en esas personas gritando, en lo que gritaban y en cómo lo gritaban. Y me preocupa. Me preocupa mucho.
En las últimas semanas, todo lo que rodea al traslado temporal de personas usuarias del Albergue Covadonga se ha contaminado de mentiras, de odio y de silencios.
Puedo entender las dudas de los vecinos y vecinas, la necesidad de una información más precisa sobre lo que se pretende, y la importancia de sentarnos y explicar al detalle el planteamiento. Lo que no puedo entender es el odio de fondo. Porque ese odio no es Gijón.
Se ha dicho que el Ayuntamiento miente cuando dice que el traslado será temporal, que hay un pacto secreto para hacer pisos de lujo junto al Solarón y que el plan es dejar el Albergue en El Natahoyo.
Todo esto es falso.
El Albergue se reformará para seguir donde está. Y la mejor prueba de ese compromiso son los cinco millones de euros que el Ayuntamiento va a invertir el año que viene para transformar el edificio en un centro más digno para las personas usuarias y los vecinos de la zona.
Es una obra que me enorgullece, que enorgullece a Gijón y que nos hace una ciudad mejor, una ciudad digna.
Porque de eso va todo esto. De dignidad. De la dignidad de un grupo de personas que durante los dos años que durará la reforma no tendrán dónde acudir para recibir ayuda. Personas que no han elegido estar en esa situación y que intentan rehacer su vida.
Esto va de su dignidad, pero también de la dignidad de Gijón.
Hay quienes consideran que estas personas van a aumentar la inseguridad en la zona. Desconozco quién o qué sostiene esta teoría, pero los datos no dicen lo mismo. Intentar deshumanizar a personas que no tienen los recursos para hacer una vida normal como si fueran otra cosa, como si no fueran también vecinos de Gijón, es egoísta y cruel.
Lo que es evidente es que el contexto de crispación actual que se ha generado impide afrontar este proceso con las condiciones de seguridad y dignidad necesarias para las personas usuarias y de los vecinos del barrio. Eso no supone empezar de cero, pero sí nos obliga a buscar soluciones.
Si algo aprendió esta ciudad en el pasado mandato es que en Gijón se había cansado de imposiciones.
Ni yo ni este equipo de gobierno hemos llegado hasta aquí para cometer los mismos errores. Ahora bien, tampoco vamos a permitir que se juegue con la dignidad de las personas.
A partir de hoy, asumo en primera persona la responsabilidad de encontrar una vía de consenso para el traslado temporal de las personas usuarias del Albergue.
Sé muy bien dónde estoy. Sé muy bien lo que soy. Soy la Alcaldesa de una ciudad abierta, acogedora y solidaria.
Soy la Alcaldesa de un Gijón que siempre da ejemplo, un Gijón que siempre da la cara. La Alcaldesa de un Gijón que no deja a nadie atrás.


